Retales de Historia

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lunes, 14 de febrero de 2011

El cruasán

Corría el año 1683 y 100.000 turcos asediaban Viena. Durante dos meses que debieron parecer una eternidad, los turcos hicieron lo imposible por tomar la ciudad, pero los vieneses se resistían: era lógico, si Viena caía, sabe Dios lo que ocurriría después con el resto de Europa. Pero los turcos tenían prisa, y se les ocurrió hacer una serie de túneles con la idea de que éstos les dejaran en el centro de la ciudad, igual que si fueran en el metro. Los turcos empezaron a excavar de noche, pasando debajo de las murallas, pensando que de noche los vieneses no se darían cuenta. No lo harían así por evitar el ruido, digo yo, porque si alguien está haciendo de noche un túnel debajo de tu casa, supongo que te enteras. Y, bien pensado, si fue porque no los vieran, si hacían un túnel bajo tierra daba lo mismo que fuera de día que de noche, que bajo tierra no los iba a ver nadie.

Si hay algo que saben hacer en Viena es el pan, una servidora lo dice por experiencia, y los panaderos están entre los que tienen que madrugar más, porque hacer buen pan lleva su tiempo. El gremio vienés de panaderos notó el ruido de lo que estaban liando los turcos, y dieron aviso a las autoridades, por lo que el ejército pudo intervenir a tiempo para parar los pies a los turcos… Viena dejó de correr peligro.

Se convocó entonces un concurso para crear un postre que recordara a todo el mundo tal acontecimiento. El certamen lo ganó el “inventor” de un bizcocho con textura similar al brioche, pero con forma de media luna para hacer burla al invasor, pues la media luna era el símbolo de la ciudad de Constantinopla. El bizcocho se llamaría Halbmond (en alemán, “Media Luna”). Con el tiempo, la reina María Antonieta (la que acabó sus días en la guillotina) introdujo el Halbmond en Francia, donde tomaría el nombre de croissant (en francés, “Creciente”) por su forma de media luna creciente. En España lo llamamos cruasán. A decir verdad, la moda también se acabó con la reina, aunque sólo de momento.


No sería hasta finales del siglo XIX, con la presencia del austriaco Barón Zang en París, en que el croissant reaparece entre los golosos parisinos. Pero es en 1920 cuando semejante delicia empieza a hacerse como hoy lo conocemos, a base de hojaldre y mantequilla, principalmente.

Panadería vienesa de August Zang en París (1909)

Una tontería para terminar: la película Desayuno con diamantes, empieza cuando Audrey Hepburn se detiene a mirar el escaparate de una joyería neoyorquina mientras se toma un café con un croissant. Por cierto, lo del café también tiene algo que ver con el asedio de Viena, pero eso ya es tema de otra entrada.

3 comentarios:

  1. Cuando yo era pequeño, hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana, lo llamábamos "cangrejo" por su obvia similitud con un cangrejo de mar.

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  2. Es verdad, Conde, hay algunos que parecen cangrejos, ¡pero también dan ganas de comérselo!

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  3. Que buena anecdota. Animo......, tengo ganas de saber que ocurrió con el café. Así todos los dias desayunaré sabiendo que como un poquito de historia

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