Retales de Historia

Retales de Historia

domingo, 26 de mayo de 2019

Kathleen Cavendish, la hija olvidada de los Kennedy

Hubo un tiempo en que ser un Kennedy era muy difícil, pero más difícil si se trataba de una mujer. Rose tuvo que aguantar infidelidades infinitas, Rosemary una cruel lobotomía, y Kathleen acusó la falta de apoyo por parte de sus padres cuando quiso seguir los dictados de su corazón. Kathleen nació Kennedy pero, a pesar de ello, siguió su propio camino, y la vida no se lo perdonó.

Kathleen Agnes Kennedy, “Kick”, nació en Brookline, Massachusetts, el 20 de febrero de 1920, y estudió en una escuela de la localidad de Riverdale. Los Kennedy tenían una importante posición económica y social, así que a nadie sorprendió que, en 1938, el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, nombrase a Joseph Kennedy, el cabeza de familia y padre de Kathleen, embajador en el Reino Unido, a pesar de que Joseph es católico de origen irlandés. Esa circunstancia le da ocasión a Kathleen de vivir experiencias que no se hubiera imaginado nunca.

Kick con sus hermanos Joe Jr. y John en Londres, 1939. Autor: D.R.-Vanity Fair

Los ingleses recibieron a los Kennedy como si fueran estrellas de cine. Especialmente popular fue Kick, que brilló en su baile de debutante. No descuidó su formación académica, y el tiempo que estuvo en Londres fue alumna del Queen’s College, de pensamiento anglicano.

A decir verdad, Kathleen cayó bien a todo el mundo, y en cualquier sitio era bien recibida. No era hermosa, pero tenía un encanto especial. Era invitada habitual en las importantes fiestas de la nobleza británica. En este ambiente se pudieron apreciar pequeños detalles del carácter de la joven, como el hecho de descalzarse cuando los zapatos empezaban a molestarle y, al mismo tiempo, tenía desenvoltura para tomar parte de cualquier charla: es lo que da tener la seguridad de un Kennedy. Y Kathleen empezó a tener sus pretendientes, el conde de Rosslyn entre ellos, pero no abrió su corazón hasta que conoció a William Hartington.

Kathleen Kennedy. Autor: Horace Abrahams-Keystone-Hulton

El 18 de julio de 1938, Kathleen y su hermana Rosemary son invitadas a una recepción en el Palacio de Buckingham, donde son presentadas a los reyes, Jorge VI y Elizabeth. Es en los jardines del palacio donde conoce a William, marqués de Hartington y heredero de los duques de Devonshire, dueños de uno de los patrimonios más importantes del Reino Unido, hasta el punto que, según las crónicas, se le consideró como pareja para la entonces princesa Isabel. En ese momento, Kathleen tenía 18 años y William 19. No tardó Kathleen en ser agasajada por los mismos duques, asistiendo a carreras de caballos o a elegantes residencias de los Devonshire, como la de Eastbourne. Kathleen y William se habían enamorado y no tardaron en tener planes de boda.

La invasión de Polonia en septiembre de 1939 marcó un punto de inflexión. Con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el patriarca de los Kennedy dispuso que su familia regresara a los Estados Unidos, mientras el permanecía en Londres. En 1940, Kathleen comenzó a trabajar en el Washington Times-Herald como columnista, curiosamente con Inga Arvad, futura amante de su hermano John, y sospechosa de espionaje a favor del III Reich. Pero Kathleen no se olvidaba de su amor inglés, y en 1943 se las apañó para regresar a Inglaterra y trabajar como voluntaria para la Cruz Roja. Su padre, Joseph, trató de impedirlo, pero la mayoría de edad de su hija lo imposibilitó. No hay que olvidar que Kathleen se fue a un país que estuvo en guerra hasta 1945. William y Kathleen no tardaron en reencontrarse en el Hotel Mayfair de Londres, y volvieron a hablar de boda.

Los marqueses de Hartington el día de su boda. Autor: D.R.-Vanity Fair

No tardaron en aparecer los problemas. La familia de William anglicana y con una representación muy importante dentro de su Iglesia. La familia de Kathleen era muy católica y, aunque el patriarca de los Kennedy parecía dispuesto a tragar, por aquello de escalar socialmente, Rose encontraba inconcebible aquella pecaminosa unión. Toda esta situación que vivía Kathleen, su posible conversión por su relación, sirvió de inspiración a Evelyn Waugh para perfilar a Julia Flyre de Retorno a Brideshead.

Los Kennedy, y muy especialmente la matriarca, se tuvieron que tragar su opinión cuando Kathleen y William se casaron el 6 de mayo de 1944 en una ceremonia civil, en Chelsea (Londres). Fue una forma de quedar en tablas en una ceremonia gris si la comparamos con lo que pudo ser una boda a la altura de los nuevos marqueses de Hartington: faltaron todos los Kennedy, a excepción de Joseph Jr. Por parte del novio fueron los duques de Devonshire, que no estaban muy de acuerdo con aquello pero al final optaron por estar con su hijo en un día tan especial. Lo que debía ser una feliz unión se había complicado hasta el extremo de llegar las discusiones sobre la misma hasta el Vaticano, que aceptaba una ceremonia civil, se permitía a Kathleen ir a misa, se le negaba la comunión y se educaría a sus hijos en la fe anglicana, lo que deshizo definitivamente la relación con su madre.

Poco iba a durar la felicidad para Kathleen. Sólo tres meses después de casarse, llega la noticia de que el avión con el que su hermano Joseph Kennedy Jr. sobrevolaba el Canal de la Mancha, había explotado el 12 de agosto de 1944. Era su hermano favorito, su confidente, el único que asistió a su boda. Kathleen pasó el duelo sola; no había pasado un mes de la boda con William, cuando éste tiene que marchar a Francia. No olvidemos que en ese momento tiene lugar la Segunda Guerra Mundial, y los soldados salen de todos los estamentos sociales. Así que no sorprende una nueva tragedia en la vida de Kathleen. Durante la lucha por recuperar para los Aliados una ciudad, Heppen (Bélgica), que estaba en manos de los nazis, William Hartington muere alcanzado por la bala perdida. Eso ocurrió el 9 de septiembre de 1944. Rose ya no tuvo nietos herejes de su hija Kathleen. Además, al no haber tenido descendencia, la viuda no heredaba nada, pero los Devonshire la arroparon y le dejaron tener libre acceso a las propiedades. Lord Andrew Cavendish, casado con Deborah Mitford, heredó el Ducado de Devonshire.

Peter Fitzwilliam y Kick Kennedy. Autor desconocido

La vida sigue, y en 1948 Kathleen conoce a Peter Wentworth-Fitzwilliam, conde Fitzwilliam. Peter estaba casado con la heredera de la Guinness, Olive Plunkett, cuya afición a la bebida había hecho trizas su matrimonio. La situación financiera y social de Lord Fitzwilliam facilitaría el divorcio y podría casarse con Kathleen. También era anglicano, como Hartington, pero a estas alturas, a Kathleen le daba lo mismo lo que pensara su familia. Pero, como ya no estaba Joseph Jr., esta vez fue John el que se convirtió en confidente de Kathleen, el que sería depositario de sus esperanzas y sus sueños. A él le confió que había recuperado la ilusión. Recordemos que la familia de Fitzwilliam también estaba muy bien situada (aunque quizás no tanto como la de Hartington), y que Peter tenía mucho éxito con las mujeres (quizás por dinero, pero lo tenía).

En cuanto a Joseph Kennedy, al principio contrario a la nueva relación, terminó apoyándola. Quizás guiado por la pena de haber perdido ya a Joseph Jr., o quizás pensando en ascender dentro del establisment británico, Joseph Sr. terminó apoyando la relación. Rose Kennedy se aferró, una vez más, a su fanatismo religioso, y escribió a Kathleen diciendo que si seguía adelante con la relación, que sería una hija muerta para siempre.

Se dio que Joseph tuvo que viajar a Francia para trabajar sobre unos planes de cooperación económica con Europa. Se comunica telefónicamente con su hija y acuerdan encontrarse en Cannes antes de que Joseph regrese a los Estados Unidos. Peter y Kathleen, que estaban en Londres, decidieron alquilar una avioneta para ir al encuentro de Joseph Kennedy. El patriarca había sido muy duro con su hija en la relativo a su anterior pareja, y quería apoyara en esta unión. Rose no cambió su forma de ver las cosas.

A las 15.30 del 13 de mayo, la pareja se embarca rumbo a Francia pero, una vez más, el destino se torcerá y las cosas no llegarán a buen puerto. Hace mal tiempo, y muchos vuelos se han cancelado por seguridad, el Canal es muy traicionero cuando el tiempo no acompaña. Ni siquiera el recuerdo de cómo murió Joseph Jr. les frena, y convencen al piloto –Peter Townsend– y emprenden un viaje sin retorno. Los ocupantes de la nave no tardaron en encontrarse con una borrasca. Cuando estaban a casi 3.000 metros de altura y sobrevolaban el Macizo Central, el avión se estrelló a las 5.30 de la tarde en el Mont Lozère, cerca de Saint-Buzile. Y la historia de Kick y Peter se terminó. El primero en llegar al lugar de la tragedia fue un granjero local pero todos sus ocupantes ya estaban muertos. A la mañana siguiente llegaron los primeros equipos de rescate. Cuando examinaron los restos del aparato (un De Havilland DH.104 Dove), vieron que Kathleen estaba descalza, tal y como le gustaba estar en las reuniones sociales de las que tanto disfrutaba.

La avioneta se estrelló en las montañas Cevenas, en Ardéche (Francia). Autor: D.R.-Vanity Fair

Los servicios fúnebres en honor de Kathleen tuvieron lugar el 20 de mayo, y por cortesía de la familia de su difunto marido, los Devonshire, tuvieron lugar en un cementerio de su propiedad. Acudió lo más granado de la alta sociedad británica: el hijo del Primer Ministro Británico, Randolph Churchill; la escritora Evelyn Waugh; Nancy Witcher Langhorse, Lady Astor, esposa del Vizconde Astor, segunda mujer en conseguir un escaño, pero primera en ocuparlo; y Anthony Eden, Secretario de Estado de Asuntos Exteriores entre 1940 y 1945, entre unas 400 personas.

Winston Churchill y Kathleen Kennedy. Autor: Thomas Maier Books

Ya sea por evitar el escándalo que tanto persiguió a los Kennedy (John había sido elegido para el Congreso en 1947), ya sea por la sombra del pecado de Kathleen, el único representante de los Kennedy fue Joseph Sr. El periodista Alastair Forbes contaría muchos años después: “Aún recuerdo al único Kennedy presente en la ceremonia, en soledad total detrás de los restos de su difunta hija”. La tragedia no había conseguido ablandar el corazón de la matriarca, que no acompañó a su marido y ya había condenado a su hija en vida, no así sus amigos y toda la gente que fue a las honras fúnebres. Deborah Mitford (de las famosas hermanas Mitford) escribió el epitafio de Kathleen: “Alegría nos dio y alegría ha encontrado”.

Tumba de Kick. Autor desconocido

En 1963, John F. Kennedy fue a Irlanda en una visita de Estado. Buscó un momento para ir al cementerio de los Devonshire y estar en silencio unos minutos ante la sepultura de Kathleen. Cinco meses más tarde sería asesinado en Dallas. ¿Recogió el testigo de la maldición de los Kennedy?

Kathleen Kennedy Cavendish. Autor desconocido

Fuentes
Paula Byrne. “Kick: The true story of Kick Kennedy, JFK’s forgotten sister and the heir to Chatsworth”. Harper Collins Publishers. 2016.

Robert Dallek. “J.F.Kennedy: una vida inacabada”. Península. 2018.

“Kick Kennedy: The charmed life and tragic death of the favorite Kennedy daughter”. Thomas Dunne Books.

Lauren Leamer. “The Kennedy women: The saga of an american family”. New York. Villard Books. 1994.

lunes, 31 de diciembre de 2018

La catástrofe de Aberfan

El viernes 21 de octubre de 1966, Aberfan, un pueblo situado al sur de Gales, sufrió una de las mayores desgracias de la minería en el Reino Unido. Eran las 9.15 de la mañana, cuando miles de toneladas de carbón, barro y escombros procedentes de una mina cercana, se deslizaron montaña abajo por la ladera de Merthyr. La catástrofe, que alcanzó de lleno dos escuelas del pueblo, provocó al menos 144 muertos.

Imagen de la catástrofe de Aberfan. Foto: Official Tribunal

La principal fuente de ingresos de Aberfan era la mina de carbón de Merthyr Vale, de 100 años de antigüedad. La mina empezó a funcionar en 1869. Por aquel entonces, el pueblo tenía una fonda para los granjeros de la zona. Para 1966, en el pueblo vivían unas 5.000 personas, muchas de las cuales trabajaban con el carbón.

Calle de Aberfan c. 1929. Foto: Kenneth J. Gunter Collection
Colinas a las afueras de Aberfan. Foto: BBC
Pantglas Junior School. Foto: BBC

Por otra parte, conviene saber que el río Taff atraviesa el pueblo de norte a sur. Al oeste, hay un terraplén para tren y un lecho de canal en desuso, que van paralelos al río. A partir de 1910, los restos de la mina que hasta entonces se situaban al este del valle, empezaron a colocarse al oeste. Para 1966 se habían hecho siete colinas con un total de dos millones de m3 de desechos: en ese momento, la única que estaba en funcionamiento era la colina número 7, con una altura de 34 metros. Justo encima de la Pentglas Junior School. Esos desechos tenían escorias y restos finos de carbón que, cuando se humedecían, se asemejaban a las arenas movedizas.

Fotografía aérea anterior al deslizamiento
Fotografía aérea posterior al deslizamiento

Al igual que se hiciera con las otras, la colina 7 creció sobre un arroyo. En 1940, parte de la colina 4 se resbaló hasta detenerse a 150 metros del pueblo. En 1963, la colina 7 sufrió deslizamientos: se dejaron de acumular el tipo de desecho más resbaladizo, pero siguieron con otros tipos. Por otra parte, Aberfan es una zona donde llueve, y sufrió inundaciones los 13 años anteriores a la catástrofe. Se pudo comprobar que ese agua corría negra. Se protestó pero no se tomó ninguna medida. De las precipitaciones registradas en octubre de 1966, la mayoría tuvieron lugar la semana de la tragedia. La noche del 20 al 21 de octubre, la colina 7 disminuyó hasta 3 metros.

Alumnos de la Pantglas Junior School de Aberfan. Foto: BBC
Alumnos de la Pantglas Junior School de Aberfan. Foto: BBC

El 21 por la mañana, los trabajadores del turno de mañana llegaron a la colina número 7. A eso de las 7.30 a.m., descubrieron lo ocurrido durante la noche. No había ningún teléfono en ese lugar, así que no se podía dar parte de ello con rapidez. Se envió a dos personas al pueblo para informar de ello, y se decidió que no se haría más en el día. El 21 de octubre había empezado siendo un día radiante aunque con un poco de niebla, la misma que no permitía ver la cima de las colinas de la mina. Después del amanecer, se habían registrado movimientos en lo alto de la colina número 7, y poco después de las 9 hubo más, pero en esta ocasión lo que se movió fue una parte de los componentes que formaban aquella masa, y que prácticamente se hicieron líquidos, lo que provocó una fuerza que hizo moverse a otras partes del material acumulado.

Cuadrillas durante las tareas de rescate. Foto: BBC
El niño Jeff  es rescatado por un miembro de las cuadrillas de rescate. Foto: BBC
Un policía lleva a la niña Susan Maybank. 

A las 9.15, una lengua de barro empezó a correr hacia abajo, formando olas de 6 a 9 metros de altura, y alcanzando una velocidad de 18-34 km/h en una distancia de 500 metros. La parte que no se había licuado flotaba encima de los elementos que se habían desleído, lo demás escapó por donde estaba antes el material que ya se había fugado. Los más pequeños habían empezado las clases a las 9.00 y los más mayores a las 9.30. Al día siguiente empezaba un periodo vacacional. De pronto, se oyó un rugido estremecedor, que los testigos describieron como un avión volando bajo, un trueno o, incluso un tren corriendo sin control. Aquello era imparable, el agua se escabullía y parte de la masa recuperó sus anteriores propiedades. Desde lo alto de la colina, los trabajadores de la mina veían todo aquello sin poder hacer nada por evitarlo.

Interior de la Pantglas Junior School durante las tareas de rescate. Foto: BBC
40.000 metros cúbicos de restos procedentes de la mina cercana se deslizaron hacia Aberfan después de una fuerte lluvia. 

Un escolar, testigo de la catástrofe, se dirigía a sus clases cuando advirtió la espeluznante presencia de "una gran ola de estiércol más alta que una casa" que venía sobre el viejo terraplén del ferrocarril y se dirigía directamente hacia él. El alud se llevó por delante árboles, casas, rocas, agua y tranvías. La monstruosa masa se arrojó sobre 16 casas y las dos escuelas del pueblo. Unos compañeros de este niño, y que aún no habían entrado a clase, fueron arrollados por el lodo. Una vez que la masa se detuvo, el silencio.

Miembros de las cuadrillas de rescate usan las manos descubiertas en la búsqueda de sobrevivientes en la escuela Pantglas. Foto: Sunday Mirror
El esfuerzo de rescate en 1966 continuó durante días. 

De los más de 100.000 m3 de desechos de la mina que se escurrieron, 40.000 se depositaron sobre una parte del pueblo. Desde que se abrió la mina, y a lo largo de 50 años, los desechos de la mina se acumularon en una serie de montones justo en frente del pueblo de Aberfan. Si todos esos restos colapsaron fue por la cantidad de agua que había en la roca.

Los chicos de la escuela secundaria cercana miran con incredulidad. Foto: BBC
Niños supervivientes en una escuela improvisada. Foto: BBC

Una ingente cantidad de personas acudió a la escuela, excavando a la carrera para tratar de rescatar al mayor número posible de criaturas. A pesar de los desesperados esfuerzos de tanta gente que colaboró en las tareas de rescate, muchos de ellos corrieron desde otras poblaciones, no se recuperó a nadie con vida una vez que pasaron las 11 hrs. Hubo 38 heridos, varios de gravedad. El número de fallecidos giró en torno a 144, de los cuales 116 eran niños entre 7 y 10 años, 109 eran alumnos de la Pentglas Junior School. También murieron cinco maestros, y 33 personas que pasaban por el lugar. El impacto de la avalancha o la asfixia fue el motivo del fallecimiento. 60 casas fueron evacuadas y otras tuvieron que sufrir daños durante las tareas de rescate. Uno de los paramédicos del Ejército Territorial que participó en el rescate encontró un reloj que dejó de funcionar a las 9.15, hora de la tragedia. Uno de los sobrevivientes, Gareth Jones, fue uno de los niños que se salvó gracias a que la maestra actuó con rapidez. Gareth tenía 6 años.

Aberfan y las viejas colinas de carbón. Imagen tomada antes de que se quitaran estas colinas. Agosto de 1968. Foto: Tudor Williams

A las honras fúnebres que tuvieron lugar el 27 de octubre, acudieron 2.000 personas. Con posterioridad a la catástrofe, muchos supervivientes sufrieron mala salud, así como angustia y tensión. Dicen que hubo gente que soñó con la tragedia, pero no hacía falta tener sueños premonitorios para saber que algo malo podía ocurrir. Las averiguaciones que se hicieron después, responsabilizaron a la Junta Nacional del Carbón por no haber tomado las medidas de seguridad necesarias, ya que no siguieron unas pautas adecuadas para acumular los desechos producidos por la mina. En 1969, el Parlamento aprobó medidas para nuevas normas para la acumulación de los restos procedentes de minas. La mina de Merthyr Vale no fue cerrada hasta 1989.

David Davies sobrevivió a la tragedia. Su cuerpo fue sacado de Pantglas y llevado a su padre; se le creyó muerto hasta que una enfermera vio cómo se movía la pierna. Foto: BBC

Fuentes
Ceri Jackson. "Aberfan. The mistake that cost a village its children". BBC.
Tom Parry. "50 years after the Aberfan mining tragedy the South Wales village can never forget". Sunday Mirror.
Report of the tribunal appointed to inquire into the disaster at Aberfan on October 21st, 1966.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Carlos Luis de Austria


Fue el tercero de los hijos de Sofía de Habsburgo que llegaron a la edad adulta y, por decirlo de alguna manera, pasó a la historia de rebote, dado que no estaba en su camino ningún imperio ni escándalo alguno. Carlos Luis de Austria nació en Schönbrunn el 30 de junio de 1833. Desde su nacimiento ostentaba el rango de archiduque.

Carlos Luis en torno a 1861, fotografiado por Ludwig Angerer

Como hermano de Francisco José, era cuñado de la célebre Sisi e hijo de la temida archiduquesa Sofía de Baviera, de la que decían que era el único hombre en palacio.

Se casó tres veces: la primera con Margarita de Sajonia (1850-1858), la segunda con María Anunciada de Borbón-Dos Sicilias (1862-1871) y María Teresa de Portugal (1873-1896). Tuvo seis hijos entre la segunda y la tercera esposa, siendo María Anunciada la madre de Francisco Fernando de Austria, aquel que posteriormente sería heredero del trono austro-húngaro y sería asesinado en Sarajevo cuando estaba de visita oficial en la ciudad en compañía de su mujer, Sofía Chotek, también muerta en el atentado.

Sofía de Baviera, madre de Carlos Luis

A la muerte de Rodolfo de Austria (1858-1889), hijo del emperador Francisco José I, Carlos Luis se convierte fugazmente en heredero de un imperio en decadencia, pero poco después, renunció en favor de su hijo mayor, Francisco Fernando.

Princesa María Anunciada de Borbón Dos-Sicilias

Pero las cosas pudieron ser muy diferentes para Carlos Luis. En 1853, su hermano el emperador Francisco José I fue blanco de una atentado del que salió ileso. A pesar de tener más hijos, además de Francisco José y Carlos Luis, Sofía estaba empeñada en que fuera su "Franzi" el garante de la permanencia de los Habsburgo en el trono imperial. Y se puso a buscar a la mujer que ocupara el puesto de emperatriz. Había que actuar con mucho tiento pues, entre las casas reinantes europeas, había muchos lazos, ya sea familiares o políticos, y Sofía no quería herir a nadie (al menos eso decía).

Postal conmemorativa de la muerte del archiduque Francisco Fernando y su esposa, Sofía Chotek

La elegida la tenía más cerca de lo que pensaba. Se trataba de la duquesa Elena de Baviera, hija de Ludovica, la cual era hermana de Sofía. Así que, Elena era prima hermana de Francisco José. La consanguinidad no era un impedimento para Sofía, que acordó con Ludovica que la futura pareja se conociera en la residencia de verano que la Familia Imperial tenía en Bad Ischl. Pero Sofía no quería que el duque Max, padre de Elena, estuviera presente pues, a su gusto, era políticamente incorrecto para lo establecido en la Corte Imperial, y tenía miedo que fuera a fastidiar algo (de todos modos, la antipatía era mutua).

Ludovica de Baviera en torno a  1808

Para disimular, Ludovica decide que las acompañe Sisi, hermana de Elena, y que llevaba algún tiempo escribiéndose con Carlos Luis. Aunque el interés de Sisi en Carlos Luis parecía más bien de camaradas, parece que Carlos Luis si tenía verdadero interés por ella. Así que, la idea de Ludovica sobre un posible compromiso entre Sisi y Carlos Luis, a éste le hubieran venido muy bien... si se  hubieran llevado a cabo. Lo que sigue es que Francisco José se compromete con Sisi, y Elena se queda compuesta (o descompuesta) y sin novio. Y Carlos Luis como si fuera invisible.

Retrato de Francisco José I y Elisabeth en torno a 1853

La vida da muchas vueltas. Carlos Luis vio como su hermano mayor se casaba con su amor de juventud, pero también que perdió el único hijo varón que podía ocupar el trono y, además en trágicas circunstancias. Él no fue emperador, pero también tuvo un hijo heredero al trono, también muerto trágicamente, y su asesinato fue el detonante de la Primera Guerra Mundial, pero esto ya no lo vio. A diferencia de Francisco José, se ahorró ese sufrimiento. Carlos Luis murió en Viena el 19 de mayo de 1896, a los 62 años de edad. Fue enterrado en la Cripta de los Capuchinos (Cripta Imperial de Viena).

lunes, 16 de octubre de 2017

La matanza de Tlatelolco

Ocurrió el 2 de octubre de 1968. Una concentración pacífica de estudiantes, reunida en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en México D.F., fue agredida brutalmente por soldados del ejército mexicano y por una facción paramilitar llamada Batallón Olimpia. La Matanza de Tlatelolco, como así fue conocida aquella tragedia, fue consecuencia de la represión llevada a cabo por el gobierno mexicano hacia una corriente social, el movimiento estudiantil de 1968, al que se sumaron profesores, amas de casa y profesionales de muy diferente origen, que no estaban a gusto con el autoritarismo del gobierno. En julio de aquel año, tuvieron lugar una serie de protestas, principalmente estudiantiles, en la capital de México. Había una gran descontento con el autoritarismo gubernamental, que no tenía en cuenta la autonomía universitaria, censuraban la subida de tasas escolares y la supresión de las ayudas del Estado.

Logotipo de las Olimpiadas de México 68

En 1968, México era observado desde distintos lugares del Mundo por las Olimpiadas que iban a iniciarse el día 12 del mismo mes. las autoridades mexicanas querían transmitir al resto del planeta una imagen de normalidad, cuidaban mucho su imagen exterior y, para ello, hizo lo imposible en controlar las comunicaciones. Por otra parte, y con el fin de canalizar mejor todas las quejas, los disconformes con el gobierno de la nación crearon el Consejo Nacional de Huelga.

Preparatoria Ochoterena

En el mundo se está viviendo la época de la Guerra Fría. En México, las universidades son foros de debate donde se habla de los problemas que acosan al país, pero el movimiento toma impulso en las "prepas" (escuelas preparatorias de acceso a la Universidad), y sale de ellas cuando el país se acerca a su momento de mayor exposición ante el mundo, los Juegos Olímpicos, que se celebrarán en octubre del mismo año.

El 22 de julio de 1968, después de un evento deportivo, tuvo lugar una bronca entre diversos grupos de estudiantes: por un lado, alumnos de la Escuela Preparatoria Isaac Ochoterena; por otro alumnos del Instituto Politécnico Nacional. Los granaderos (que no gozaban especialmente del aprecio de la población) se encargan de dispersar a los participantes en la bronca. Parece que el ambiente ya estaba caldeado por las diferencias entre el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México, y los mismos estudiantes, que reclamaban calidad de vida, igualdad y libertad de expresión, entre otros derechos.

A la izquierda, Gustavo Díaz Ordaz. A la derecha, Javier Barros Sierra

Del 26 al 29 de julio, varios centros educativos se declaran en huelga, lo que sirvió de excusa para que entraran en sus instalaciones tropas del ejército y de los granaderos. El 29 se produce una concentración de alumnos del Instituto Politécnico en señal de protesta por la actuación de los granaderos. Luego tiene lugar otra que conmemora la Revolución Cubana. Finalmente, las dos multitudes se encuentran y se hermanan.

Se suceden los encuentros violentos, con heridos y muertos. Uno de los más fuertes fue el que tuvo lugar cerca de la calle 5 de mayo, donde concurrieron los estudiantes con los policías y granaderos, saldándose con un número en torno a 500 heridos. También se destruye la puerta de un edificio por la acción de un arma de gran potencia, una puerta tallada en el siglo XVIII que había en la Escuela Preparatoria de San Ildefonso.

En la imagen de arriba, Barros Sierra a la cabeza de una manifestación. En la imagen de abajo, tanquetas enfrentándose a manifestantes

Javier Barros Sierra, el rector de la UNAM, se manifestó en contra de lo ocurrido. El 30 de julio de 1968, enarboló a media asta la bandera mexicana que había en la Ciudad Universitaria, y pide la libertad de los estudiantes encarcelados. Entonces surge aquello de "¡Únete al pueblo!". Inmediatamente aparece el Consejo Nacional de Huelga, al cual pertenecen estudiantes y docentes de universidades. El movimiento estudiantil da lugar a una serie de peticiones que se ponen en conocimiento público el 4 de agosto de 1968:

1. Libertad a los presos políticos.

2. Derogar los artículos del Código Penal Federal que permitían la disolución social y sirvieron como instrumento jurídico para permitir la agresión contra los estudiantes.

3. La desaparición del Cuerpo de Granaderos.

4. Destitución de las autoridades policiales.

5. Indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos desde el inicio del conflicto.

6. Que los funcionarios culpables de los hechos sangrientos fuesen revocados de sus responsabilidades como autoridades.

Aunque parezca mentira, en este punto, las autoridades estaban más preocupadas de la proximidad de las Olimpiadas que de los problemas sociales que había en México. El día 22 de agosto, el gobierno manifiesta su intención de hablar con los portavoces del movimiento estudiantil, quedando claro que las conversaciones tendrían lugar ante miembros de los medios de comunicación.


La "Marcha del Silencio"

El día 26 (otras fuentes dicen que el 27), tiene lugar una manifestación que marcha en dirección al Zócalo. Durante el transcurso de la misma, se señala a Díaz Ordaz como culpable del descontento. Sócrates Campos, representante del movimiento, confía en recibir una respuesta presidencial: en torno a tres mil estudiantes montaron sus tiendas de campaña en el lugar. Cuando llega la noche del 28 de agosto, los estudiantes son dispersados a culatazos. Luego salen varios tanques del interior del Palacio Nacional. Estos tanques destruyen los asentamientos estudiantiles, mientras que los soldados se dedican a perseguir y a pegar a los estudiantes, de cuyos labios salía el grito de "¡México, libertad!".

Durante el mes de septiembre continúa el descontento. Se insiste en llegar al diálogo entre las diferencias partes, pero el gobierno no responde, dando lugar a la "Marcha del Silencio" (13 de septiembre), en la que los asistentes se amordazaron como parte de la protesta. Está claro que las cosas no se iban a quedar ahí, pues el ejército invade la UNAM el 18 de septiembre. Barros Sierra deja el cargo de rector unos días más tarde por no aceptar interferencias ajenas a la Universidad. Siguieron muchos más enfrentamientos, muchos de ellos con policías infiltrados entre las filas estudiantiles. En una de estas luchas, los estudiantes hicieron una serie de trincheras para poner obstáculos al avance de los vehículos blindados que ya habían sacado a la calle. Esta medida, en principio eficaz, se vino abajo cuando entró en escena el Batallón Olimpia. La teoría era que este batallón debía ayudar a proteger a los asistentes a posibles disturbios relacionados con las Olimpiadas.

Imagen de arriba: manifestantes ocupando la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco el día 2 de octubre. Imagen de abajo: tanquetas entrando en Tlatelolco el 2 de octubre

El ejército entró en el campus de la UNAM por orden del presidente de México, el 23 de septiembre, haciendo detenciones totalmente arbitrarias y propinando palizas a los estudiantes. Aunque la renuncia del rector Barros Sierra no había sido aceptada, eso no evitó que el número de protestas fueran en aumento. Como colofón de una huelga de estudiantes que ya duraba nueve semanas, tiene lugar una protesta contra la acción del ejército: se juntan unos 15.000 estudiantes procedentes de diferentes universidades.

En medio de toda esta tensión, el 2 de octubre, unos 80.000 estudiantes se juntan en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Miles de personas acompañadas de sus familias, se sumaron al gentío que ya estaba allí. El ejército vigila para que no haya desórdenes, poniendo especial interés en proteger la Torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Imagen de arriba: uno de los helicópteros desde los que se disparó la bengala verde que daba la señal de inicio de la matanza. Imagen de abajo: soldados en el tejado de un edificio de las inmediaciones de la plaza

Al igual que ya ocurriera en otras concentraciones, se infiltran soldados pertenecientes al Batallón Olimpia (de unos 600 hombres) para participar en los enfrentamientos desde dentro. Tropas del ejército mexicano se dirigen al edificio Chihuahua, empezando así la Operación Galeana. En este edificio hay muchos periodistas y cabecillas del movimiento estudiantil, y el ejército cierra la plaza por el este. Esas tropas, obviamente, van de paisano pero llevan en la mano izquierda un guante blanco para distinguirse de los verdaderos manifestantes. Los soldados rodean la plaza empleando automóviles con blindaje. Más tarde, en la terraza de ese edificio, se encuentran múltiples armas. Alguien observa todo lo que pasa desde los altos de la iglesia de Santiago, que cerró sus puertas el empezar los altercados.

Iglesia de Santiago. Autor: Ismael Rangel Gómez

En torno a las 6.20 p.m., el público asistente al mitin empezó a marcharse tranquilamente. De pronto, las personas que se dirigen al púbico son forzados por los infiltrados a tirarse al suelo. Sin la más mínima vergüenza por parte de sus ocupantes, desde un helicóptero se dispara una bengala: se abría la veda para una cacería de seres humanos. Los francotiradores del Batallón Olimpia empezaron a disparar desde el edificio Chihuahua y otros inmuebles de la zona. Los proyectiles iban dirigidos a los asistentes a la protesta, pero también disparaban a los militares que estaban allí para hacer creer que el ataque venía de los manifestantes.

Según el periodista Francisco Ortiz Pinchetti, miembros del Batallón reconocieron haber empezado el enfrentamiento. Pretendieron hacer creer que se hizo por contestar el supuesto ataque de los estudiantes, y que el caos empujó las balas hacia los inocentes. No tardó en verse una alfombra de seres humanos en el suelo de la Plaza de las Tres Culturas. Cundió el pánico. Los presentes huyeron por donde pudieron. Muchos estudiantes evitaron el peligro refugiándose en sitios perdidos en los edificios cercanos, pero ello no evitó que los soldados siguieran con la persecución, es más, allanaron viviendas: muchas personas que vivían en esos edificios escondieron a manifestantes que huían de las armas, y ellos también fueron agredidos. De hecho, se habían producido disparos en el interior de muchos pisos. Aquel aniquilamiento duró hasta el amanecer.

Imagen de arriba: soldados a la espera para entrar al ataque. Imagen del medio: gente huyendo de la persecución. A la derecha de la imagen, una niña corriendo de a mano de una mujer. Imagen de abajo: soldados aporreando a manifestantes

Otros estudiantes se dirigieron a los ascensores pensando en huir por allí, pero al abrirse se encontraron una desagradable sorpresa: una manada de hombres con la mano izquierda enguantada les apuntaban con armas y los dejan en manos de miembros del ejército, que se encargan de sacarlos del edificio para obligarles después a despojarse de los pantalones y quedarse con las manos apoyadas en la pared. Entre estudiantes, profesores y personas de otros sectores, se detienen más de 2.000. Las mismas personas que ocupaban muchos apartamentos de los alrededores, pudieron comprobar desde sus ventanas, con horror, que la explanada estaba llena de muertos de diferentes edades y condición, no solo militares, sino también niños y mujeres.

A la derecha, miembros del Batallón Olimpia de paisano. Llevan calzado un guante blanco en la mano izquierda. En la imagen de la derecha, estudiantes detenidos que fueron obligados a quitarse la ropa

A las 20.30 se empieza a despejar la plaza. Evacúan a los heridos y se levantan los fallecidos. No tardó en limpiarse la sangre que ensució el suelo, y eso que estaba lloviendo; de eso se ocuparon los bomberos. Vehículos del ejército rodaban por todas partes. También unos setenta camiones, donde se cargaron los cadáveres como si fueran sacos de cemento. Los que tuvieron más suerte, los arrestados, fueron dirigidos a varios centros de detención, sometidos a un aislamiento de días y días, y martirizados con interrogatorios interminables.

Como suele ocurrir en situaciones de este tipo, a día de hoy no se sabe la cantidad exacta de víctimas. Debe entenderse como tales no sólo los muertos, sino también los heridos, los desaparecidos e, incluso, las más que numerosas detenciones arbitrarias que se hicieron sin las más mínimas garantías de seguridad de los afectados. Por otra parte, testigos del momento quisieron calcular el número de muertos según el número de fallecidos por vehículo, pero tampoco se sabrá la cantidad exacta porque los llevaron al Campo Militar número 1 para proceder a su incineración. Los detenidos fueron dispersados por diferentes centros penitenciarios mexicanos. Quisieron hacernos creer que sólo fueron 20 muertos; con México como centro del mundo por los Juegos Olímpicos hubiera quedado muy mal que se reconocieran más, y 20 muertos ya eran demasiado, aunque la cantidad que más suena, según averiguaciones recientes, es la de 300 fallecidos. El dedo acusador señala al Estado Mexicano, y Díaz Ordaz a los infiltrados en las filas de los estudiantes. Entre los mandos militares que participaron en la matanza, figuraban autoridades próximos al círculo presidencial.

En la imagen de arriba, cadáveres apiñados en una ambulancia. En la imagen de abajo, cadáveres en la morgue

La prensa extranjera, como Julián Petiffer de la BBC, pudo ver cómo se ametralló no sólo a manifestantes, sino también a personas que pasaban por ahí. También la escritora mexicana Elena Poniatowska publicó impresionantes testimonios, como el de la mujer que buscaba a su hijo y pudo contar más de 60 muertos. Cuando llegó el momento de atender a los supervivientes, el personal sanitario no tenía ni medios ni espacio suficiente: donde cabía una persona tenían que meter a varios. En un alarde de cinismo, Díaz Ordaz se hace responsable de lo ocurrido, pero nada impide la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos el 12 de octubre de 1968. Lo cierto es que los estudiantes no querían echar a perder los Juegos, pero sí que todo el mundo se enterase de que en México las cosas no iban tan bien como parecía.

Las balas de los francotiradores alcanzaron las ventanas de varias viviendas

Pero más tarde o más temprano se hace justicia (o al menos eso parece). En 2005, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado ordenó que se detuvieran a casi 60 personas relacionadas con la carnicería. El que fuera presidente de México entre 1970 y 1976, Luis Echeverría, iría a los tribunales para ser juzgado (aunque luego fue exonerado). También Julio Sánchez Varga, que fue procurador general de la República de México; Luis de Barreda Moreno, subdirector de la Dirección Federal de Seguridad en el momento de la tragedia; y a Miguel Nazar Haro, que fue dirigente de uno de los grupos armados que intervino en Tlatelolco. Viendo cómo funcionaba las cosas, quizás se haya conseguido demasiado si aún no se han hecho desaparecer los documentos de la Fiscalía que se ocupó del asunto. El 3 de octubre la plaza se despertó limpia y en la prensa se destacó el estado del tiempo.

Monumento dedicado a los caídos en Tlatelolco