Retales de Historia

Retales de Historia

sábado, 24 de diciembre de 2011

La Tregua de Navidad de 1914

Hoy quiero hablar de la Tregua de Navidad de 1914, algo de lo que no se ha aprendido nada. Lo cierto es que, para el tiempo que ha pasado desde entonces, 97 años, no se conoce demasiado bien. Y es que en su momento, cuando ocurrió aquello, los jefazos de los ejércitos combatientes hicieron lo posible porque no se conociera el suceso, para que no cundiera el “mal ejemplo”: se hizo por confiscar el material fotográfico y la correspondencia que los soldados enviaban a sus familias. Quería dejarse a la población en la ignorancia más absoluta para evitar que pensasen que las cosas no iban bien en sus respectivos ejércitos ¿dónde se ha visto que se confraternice con el enemigo? Pero algo se filtró, algo llegó a las familias y a la prensa, y aquello se conoció lo suficiente para saber que algo extraordinario había ocurrido. Se sabe que fue un alto el fuego que ocurrió entre tropas alemanas y tropas aliadas (ingleses, franceses y escoceses) en diferentes puntos del frente occidental entre los días 24 y 25 de diciembre de 1914, en el primer año de la Primera Guerra Mundial. Y ocurrió de forma espontánea, pero con el ansia de escapar por unos momentos de aquel infierno.

Portada del Daily Mirror informando de la Tregua. Un grupo histórico: soldados británicos y alemanes fotografiados juntos.

Con el fin de animar a sus tropas en fechas tan especiales, el Kaiser Guillermo II había dado orden de enviar a sus tropas extras de pan, salchichas, alcohol y árboles de Navidad: un montón de árboles decorados que los alemanes pusieron en lo alto de sus trincheras cuando llegó la noche del 24; podía verse un árbol cada pocos metros. Lo del árbol era también una indirecta del Kaiser dirigida a los Aliados para recordarles el origen germano del árbol de Navidad. En cualquier caso, el desconcierto de las tropas aliadas en ese momento seguro que fue indescriptible.

Los británicos se pusieron a cantar dentro de sus trincheras, los franceses en las suyas. En las líneas alemanas se oyó Stille Nacht (Noche de Paz), y en las de todos Adeste Fideles, en latín. Los soldados perdieron el miedo a salir a tierra de nadie, donde después de unos cuantos apretones de manos se intercambiaron cigarrillos, vino, salchichas, latas de carne, chocolate, whisky…, los tesoros que cualquier soldado podía llevar en su mochila. Entre los oficiales presentes se acordó un alto el fuego, aunque fuera sólo para el 24 y el 25.

Combatientes de ambos bandos en torno a un árbol de Navidad.

La Tregua también se aprovechó para enterrar a los difuntos de ambos bandos que habían caído en tierra de nadie o detrás de las líneas enemigas. Se oficiaron misas a las que acudieron soldados de ambos bandos. Incluso en algunos sitios se jugaron partidos de fútbol, de ajedrez o a las cartas.

Desgraciadamente, el único acto de sentido común del conflicto no duró demasiado: en casi todos los lugares donde ocurrió, apenas si fueron dos días; en cuanto los altos mandos se enteraron de lo que estaba ocurriendo dieron orden de que se volviera al “orden” habitual. Pero semejante acontecimiento perduró en la memoria de aquellos que la vivieron, y dejaron testimonio a las generaciones posteriores que, cuando se quiere, la guerra se puede evitar.

Ingleses y alemanes jugando un partido de fútbol.

Para terminar, os dejo con un fragmento de la película Joyeux Noël (Feliz Navidad) de Christian Carion. Está basada en la historia que os acabo de contar y es bastante ilustrativa de lo que ocurrió. Feliz Navidad.



domingo, 4 de diciembre de 2011

Mercurio y Argos

De todos es sabido que Zeus (Júpiter para los romanos) era el padre de los dioses del Olimpo. Y muy faldero. A pesar de que Hera (su señora) tenía muy mala leche con el tema de las amantes, Zeus no se cortaba un pelo a la hora de ir con todas las mozas que le daba la gana (y muchas de ellas le ayudaron a Hera a saciar las ganas de paternidad de su marido.) Una de ellas fue Io, una joven que pasaba su tiempo libre recogiendo florecillas en el campo.

Tan pronto como Zeus se fijó en Io empezaron a frecuentar la mutua compañía, supuestamente a espaldas de Hera (aunque en realidad las aventuras de Zeus eran un secreto a voces). Pero Hera se enteró, y montó en cólera (como era habitual cada vez que se enteraba de un lío de su marido), y a Zeus no se le ocurrió otra cosa que convertir a su amante en una hermosa vaca, e Io pasó de recoger flores a comérselas. Pensó Zeus que convirtiendo en vaca a su amante pasaría desapercibida para Hera, pero esta no cayó en el engaño, y para desahogarse soltó un tábano para que hiciera la vida imposible a la vaca. Io/la vaca, en su desesperación por deshacerse del bicho, recorrió toda Europa, pasando por el Estrecho del Bósforo (en griego, “paso de la vaca”). Finalmente, extenuada, Io se detuvo y Hera aprovechó para atraparla.

El Estrecho del Bósforo en una imagen de satélite (es la parte de arriba del pasillo de agua).

Para asegurarse que no tenía posibilidad de escapatoria, Hera encargó a su fiel sirviente Argos que vigilase a la prisionera. Argos era un ser que tenía cien ojos, cincuenta estaban despiertos mientras los otros cincuenta dormían: Io no tenía forma de huir. Pero Zeus quería rescatar a su amante y encargó a Mercurio (Hermes para los griegos) que rescatara a Io (Mercurio era hijo de Zeus y de otra señora que no era la suya).

Mercurio localizó a la prisionera y a Argos, y empezó a contarle un montón de historias (otros dicen que se puso a tocar la flauta) suponemos que muy aburridas, porque los cincuenta ojos despiertos se durmieron. Este es el momento que refleja Velázquez en su cuadro Mercurio y Argos, pintado hacia 1659, y que se encuentra en el Museo del Prado de Madrid (el lienzo fue salvado del fuego que sufrió el Alcázar de Madrid en 1734).

Mercurio y Argos

En un primer plano está Hermes, que lleva su bolsa, algo que parece un caduceo y su sombrero con alas; junto a él está Argos, con la cabeza caída sobre el pecho: nadie diría que son personajes mitológicos. En segundo plano, como si la cosa no fuera con ella, tenemos a Io.

Volviendo a cuando Argos se quedó sopa. Mercurio aprovechó el momento para matarlo y así liberar a la amante de su padre. Más tarde, Io y Zeus decidieron romper la relación porque veían el asunto un poco complicado, sobre todo porque Hera no dejaba de acosarles. Por su parte, Hera, cuando vió lo que le había pasado a su fiel Argos, decidió perpetuar su memoria poniendo los cien ojos del guardián en la cola del pavo real.

Moneda griega de dos euros, que hace alusión al mito de Io.